Una oleada de pacientes con afecciones pulmonares -todos ellos usuarios de estos dispositivos- recorre Estados Unidos. Científicos dudan cada vez más de que sean una alternativa sana frente a los cigarrillos tradicionales. La reacción de los mercados y del Estado.
Hacer estadísticas relacionadas con este tema es difícil. Primero, porque muchas de las personas que usan cigarrillos electrónicos también fuman a la vieja usanza. Segundo, porque estos dispositivos inventados en China alrededor del año 2004 suelen utilizarse también, y mucho, para consumir THC, el principio activo de la marihuana. Sin embargo, hechas estas consideraciones, las cifras existen. Y encienden luces de alarma. Tan sólo en Estados Unidos se reportaron, como una oleada, más de 1.000 casos de personas que sufren afecciones pulmonares como consecuencia de “vapear”, ese verbo al que nos acostumbraron los cigarrillos electrónicos. Esto está sucediendo hoy, ahora, en casi todos los Estados del país. Incluso hubo muertes: 26, al momento de escribir esta nota.
Los funcionarios de salud se miran aparentemente desorientados. ¿Qué es lo que enferma a la gente? La comunidad científica busca respuestas. De momento sólo está en condiciones de afirmar que, con el conocimiento actual, es imposible determinar si los cigarrillos electrónicos son menos dañinos que los “normales”. Falta que pase bastante más tiempo y faltan también estudios al respecto, afirman los científicos. Tal vez termine por repetirse lo que sucedió con los cigarrillos de combustión allá por las décadas del ’50 y ’60 del siglo XX, cuando se los promocionaba como inocuos (¡incluso decían que fumar hacía bien!) y terminaron por enfermar y matar a un número incalculable de personas.

Los cigarrillos electrónicos, si bien tienen diseños que imitan a los tradicionales, son en pocas palabras dispositivos que se valen de pequeñas baterías para calentar soluciones líquidas y convertirlas en vapor. Estas soluciones líquidas contienen en su mayor proporción (alrededor del 70 %) una sustancia llamada propilenglicol, un compuesto orgánico sin color, sabor ni olor. Al propilenglicol se le suma glicerina vegetal (más o menos un 20 %), nicotina (en dosis que como mucho llegan a 54 mg/ml), y por último se le agregan sabores y aromas de fantasía.
Primer problema: a los cartuchos que contienen el líquido en cuestión se les realizaron diversos estudios… ¿Y adivinen qué? Las dosis encontradas de nicotina muchas veces no coincidían con las declaradas “oficialmente”. Eran mayores.

Problema número dos: los vendedores de cigarrillos electrónicos buscan seducir a consumidores jóvenes valiéndose por ejemplo de sabores que apuntan directamente a ese target. Es por eso que se puede vapear con gusto a dulces, a refrescos o a cereales para el desayuno. Y no sólo eso: aunque en muchas ciudades del país está prohibido por ley, se han detectado cualquier cantidad de tiendas online que no tienen ningún inconveniente en venderle los dispositivos a menores de 21 años. Es en parte por eso que más de una cuarta parte de los estudiantes de high school admitieron utilizarlos de forma habitual, según datos preliminares de una encuesta federal.
Tercer problema: si entre el cigarrillo de combustión y el electrónico cambian las sustancias y el método de inhalación, es absolutamente lógico suponer que también los perjuicios causados por el moderno dispositivo podrían ser diferentes. Acá es donde entramos en el terreno de lo incierto. Pero ya hay quienes afirman que los cigarrillos electrónicos representan una epidemia que amenaza con destruir más de 10 años de progresos en la lucha para alejar a los niños de la nicotina.
Mientras las autoridades sanitarias se concentran en intentar detectar qué motiva este aluvión de personas afectadas por el dispositivo electrónico, cadenas como Walmart ya suspendieron la venta de estos productos. Por su parte CBS, WarnerMedia y Viacom anunciaron que dejarán de publicar anuncios de venta de e-cigarrillos.
Esto recién empieza.