Una especie particular del mamífero alado es la principal sospechosa de haber desencadenado la epidemia que se originó en China central y que pone en alerta al mundo entero.
Ocurrió hace poco, hacia fines de diciembre del año pasado. En Wuhan, una populosa ciudad de la región central de China donde viven alrededor de 11 millones de personas. Funcionarios locales anunciaban por primera vez, a los cuatro vientos, que un nuevo brote de coronavirus había sido detectado a partir de pacientes que sufrían fiebre, dificultades para respirar y neumonía. Eran apenas un puñado de personas afectadas. Hoy, escasas semanas después, los reportes -inevitablemente imprecisos- hablan de unos 25.000 individuos infectados y cientos de muertos en distintos puntos del globo. Y esto es apenas el comienzo.

Frente a una epidemia hay preguntas obligadas. Una de esas preguntas es: ¿cuál es el origen de la enfermedad? ¿Dónde y cómo dio sus primeros pasos, seguramente pasos silenciosos? Y la respuesta, si la hay, siempre será puesta en duda por algunos.
Todavía no se sabe con certeza qué animal es el vector del brote del nuevo coronavirus, al que la ciencia catalogó formalmente como “2019-nCoV”. Pero sentado en el banquillo de los acusados está el murciélago. No cualquier murciélago, sino la especie “grande de herradura” o “rhinolophus ferrumequinum”, que por supuesto sobrevuela los cielos nocturnos de China.

El problema, sin embargo, parece haber comenzado más bien cerca del suelo. Las autoridades chinas tienen los ojos puestos en un mercado de la ciudad de Wuhan, conocido entre la gente del lugar por vender mariscos y carnes de animales salvajes, entre ellos víboras y murciélagos. En nuestra dieta esas criaturas no tienen lugar, pero si vamos a cenar a un restaurante en Indonesia, Vietnam, Tailandia o Guam, veremos que los murciélagos forman parte de los menús sin que nadie se sorprenda por ello.
Resulta que los murciélagos, los únicos mamíferos que pueden volar, ya habían sido los responsables de algunas otras epidemias de coronavirus. Los antecedentes están cerca. A principios de este siglo causaron la transmisión del síndrome respiratorio agudo severo, también conocido como “SARS”. Oficialmente hubo alrededor de 8.000 personas infectadas, 800 de las cuales murieron. Más acá, hacia mediados de la década del 2010, el murciélago desató el “Síndrome Respiratorio de Medio Oriente” (“MERS”, por sus iniciales en inglés), una enfermedad parecida a la anterior que, si bien afectó a menos gente, fue más letal.
La dieta de los murciélagos es la principal causa de que estos seres alados estén llenos de patógenos como los que en los seres humanos provocan fiebre alta y graves inflamaciones en los pulmones. Entre otras cosas, comen insectos que muchas veces portan enfermedades. Los murciélagos, sin embargo, tienen un organismo capaz de convivir sin enfermarse con un montón de virus, como el de la rabia y los virus de Marburgo, Nipah y Hendra, los cuales generaron brotes en África, Australia, Malasia y Bangladesh. La comunidad científica sospecha incluso que en estos mamíferos se haya el origen del temible Ébola.

Los murciélagos son más problemáticos que la gran mayoría de los animales portadores de enfermedades que pueden afectarnos. Entre esos animales se encuentran por ejemplo los roedores, algunos pájaros y algunos primates. El tema con los murciélagos es la cantidad: se trata de una especie muy numerosa. Representan casi a una cuarta parte de los mamíferos. Además están en todos lados: la Antártida es el único continente libre de ellos. Y como vuelan, sus heces cargadas de virus no reconocen frontera alguna.
Ahora bien: toca hacerse cargo de la parte que nos corresponde. La población aumenta, cada vez más espacios naturales son urbanizados y en consecuencia el ser humano termina siendo el invasor de hábitats que no le pertenecen. Y luego están los casos como el del mercado de Wuhan, donde los murciélagos eran comercializados con controles dudosos o directamente nulos. Así que antes de demonizar al mamífero alado, no estaría mal que como civilización nos miremos un poco más al espejo.