En Estados Unidos, el consumo abusivo de “pain killers” alcanzó las proporciones de una epidemia responsable de cientos de miles de muertes. Ciudades, pueblos y municipalidades se hartaron de esta tragedia y desataron el mayor juicio civil en la historia del país.

Hubo una época en que las tabacaleras operaban con total impunidad. Hoy nos resulta increíble, pero alguna vez existieron publicidades que incitaban a la gente a fumar alegando que los cigarrillos eran todo un hábito saludable. Se los asociaba con la juventud, la vida al aire libre y el deporte. Por supuesto, sus consumidores comenzaron a experimentar todo lo contrario y la situación desembocó en multimillonarias batallas judiciales entre los damnificados y la colosal industria tabacalera. Era David contra Goliat. Sin embargo, en la década del ’90, los cuatro principales fabricantes de tabaco tuvieron que meter la mano en el bolsillo y desembolsar 240.000 millones de dólares en concepto de indemnizaciones para enfermos de cáncer. Hoy, Estados Unidos es el escenario de un litigio similar que tiene en el banquillo de los acusados a las empresas farmacéuticas que están por detrás de los famosos “pain killers”.

La oxicodona, un potente analgésico presente en la gran mayoría de los “pain killers”, es un derivado semisintético del opio. La “descubrieron” las farmacéuticas alemanas en 1917, buscando alternativas todavía más potentes que la morfina. Pasaron 78 años. En 1995, la farmacéutica estadounidense Purdue Pharma empezó a comercializar oxicodona bajo el nombre de OxyContin, un calmante que actúa sobre el sistema nervioso para mitigar o hacer desaparecer dolores. Era una droga con muchas bocas que alimentar. Millones y millones de americanos sufrían dolores crónicos como consecuencia por ejemplo de alimentaciones deficientes, sedentarismo, trabajos múltiples y un descanso insuficiente.

Claro que en 1995 nadie hablaba de la dependencia que el OxyContin, como cualquier opioide, generaría rápidamente entre sus consumidores. Quienes quisieran discontinuar su uso deberían enfrentarse con el síndrome de abstinencia, pero había además algo igual de malo o incluso peor. La sustancia inundó el país y cada vez era más fácil conseguirla: en farmacias, a través de amigos o comprándola por Internet. Y los traficantes no tardaron mucho en entrar al juego.

El consumo de éste y de otros opioides similares creció de forma exponencial. Hay cifras. Se estima que 66 millones de estadounidenses consumen esta clase de sustancias, de los cuales 11 millones lo hacen de forma abusiva. Los abusos trajeron sobredosis, y las sobredosis, muertes. En el transcurso de la última década los casos fatales se multiplicaron por siete y fue imposible seguir barriendo debajo de la alfombra. Con más de 400.000 muertos sobre sus espaldas, los opioides son hoy responsables de la mayor catástrofe sanitaria en la historia de Estados Unidos. Ni siquiera el HIV, en los años ’80, llegó a tanto. Tan solo en 2017 murieron 63.617 personas por sobredosis de estos narcóticos: 31 veces el número de fallecidos por el ataque a las Torres Gemelas; 12 veces más que las bajas en la Guerra de Irak e incluso una cifra superior a la de los soldados estadounidenses caídos en Vietnam.

Si bien los “pain killers” no discriminan a nadie, el grueso de sus consumidores se encuentra en pequeños pueblos rurales: mayoritariamente clase media blanca de 50 a 60 años. Pero lamentablemente no todas las fatalidades impactan igual. Las muertes de estrellas de rock como Prince y Tom Petty, vinculadas a sobredosis de opioides, terminaron de llevar la atención a la arena de la opinión pública. Algo había que hacer. Y se hizo.

(Continúa en la Parte 2.)